Tiempo menguante-OSKARBI 21 — javiergildc.net

Tiempo menguante, un relato tragicómico protagonizado por un veterano contrabandista, obsesionado con la idea del tiempo, que a duras penas y en pleno franquismo mantiene una relación afectiva con un maestro nacional llamado Luis Quatorze. Narrado en primera persona y en cuatro cuadros temporales por el sobrino del primero desde los años cincuenta, resume los momentos dramáticos vividos…

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Primun bibere…

A Josean Iraudegui

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Andaban por la cocina Jorgius Aspirantius, Ramonus Empinatus y Luigi Sukaldi. Entre picar ajitos, movimiento de perolas y risotadas alguno recordó el viejo brindis de los Chapelaundis del Bidasoa:

Levantemos las copas alegremente y recordemos la frase humorística de Escalígero dedicada a los pueblos que confunden V con B.

FELICES POPULI QUIBUS VIVERE ES BIBERE!

Desde la cocina una voz mandilera sentencia: Primum bibere dende philosophare!
(ñióh! Huele a sociedad…)

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Templarios de cartulina

templarios5Supongo que hay más personas que comparten conmigo el prejuicio de que los escultores necesitan bastante fuerza física. La primera imagen mental que me viene con la palabra escultor es la de biceps poderosos y manos polvorientas aferrando una maza rotunda y un cincel afilado. Y eso a pesar del frecuente desmentido de ver a hombres y mujeres de complexión normal, que realizan obras grandes y pesadas con materiales duros y fatigosos. Para mi prejuicio, Luis Emaldi está favorecido por la naturaleza para ser escultor.

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Es un tiarrón del tamaño de una cabina de teléfonos y la textura de un olivo centenario. Se mueve con los gestos lentos, cuidadosos y pesados de un petrolero atracando entre arrecifes. Júpiter Tonante con resaca debía de tener una voz parecida, y hay marroquíes que viajan en pateras más pequeñas que sus zapatones. Uno acepta con naturalidad que haga esculturas de hierro; y si me dicen que las hace sin más herramientas que las manos y los dientes podría creer que es una bravuconada o una excentricidad, pero no una mentira. Parece el tipo al que encargarías cambiar de sitio la muralla china a empujones, o tallar el coloso de Rodas en una sola pieza. El cincel debe resultarle un utensilio demasiado canijo para limpiarse las uñas.

templarios2Está realizando una serie de piezas a base de planos y ángulos vivos que representan a estilizados caballeros-monjes templarios. Personalmente me gustó mucho, al ver el primer… mmmh… ¿se dice prototipo en estos casos? Bueno, se diga como se diga, me gustó la riqueza de formas y actitudes sugeridas con un mínimo de líneas y planos. Y entonces me mostró las maquetas en cartulina de sus futuras obras, y me quedé pegado: no me considero capacitado para juzgar sus obras desde un punto de vista estrictamente artístico pero, rayos fritos, algo sé de trabajar con materiales.

templarios1La cartulina es un material insidioso, que el común de los mortales llenamos de arrugas y abolladuras casi antes de salir de la papelería. Y esa especie de cíclope bienhumorado realiza unas piecitas maravillosas, destilando en ellas no sólo lucidez creativa, sino una precisión incomparable en cortes sutiles, en dobleces imposibles, en aristas afiladas como para cortar pan. Y una ternura y un primor que se asociarían más bien con la abuelita bordando el nombre del nieto en la bata del cole. La imagen de un aparente descargador de muelles dando forma a la ingrata cartulina con poco más que caricias me resultó tan sorprendente e increíble como encontrar macetas de geranios bajo el capó de un bulldozer en marcha, o José María Aznar peregrinando a La Meca.

templarios3Pero lo más alucinante es que, si coges una de esas maquetas en tu mano, parecen inocentes recortables escolares, admirables pero terminados en sí mismos. En cambio, si una de esas manazas, en la que podrías sentarte a esperar el autobús, coge una de las piezas por una esquinita, con la delicadeza de una mariposa acomplejada, los pliegues de cartulina cobran vida y de repente la estás viendo ante tus ojos cien veces mayor y en acero. El cariño es una fuerza formidable.

Tengo que revisar mis prejuicios

AUTOR: Guillermo Unzetabarrenetxea

Héroes, Heterodoxos y …Traidores

Alardillo cantineras

El tren de la vida

El tren Alvia procedente de Madrid-Chamartín con destino Hendaya, y llegada prevista a las 11h 40 horas, anunciaba un retraso de 15 minutos. Bueno, me daba tiempo a tomar un café y fumar un cigarrillo antes de subir.

La estación de Vitoria estaba prácticamente desierta y el silencio sólo era roto por el estridente gorjeo de una pareja de golondrinas en sus veloces acrobacias entre los andenes. Empezaba el verano y esperaba con impaciencia el tren que me llevaría a Irún, a casa de la amá,. Aquella tarde, víspera sanmarciales de no recuerdo que año, tenía asamblea y cena de hacheros que, como siempre, se celebraba el sábado previo al inicio de fiestas.

Para volver hay que irse. El humo del cigarrillo hilvanaba mis desordenados recuerdos mientras empezaba a vislumbrar cómo sería la asamblea de ese año, estrenábamos cabo de la Escuadra y varios de la cuadrilla pasaban a ser titulares. Me preguntaba si habría suficiente champagne en Irún para la celebración, que sería soberbia, como siempre. A muchos amigos no les veía en todo el año hasta que llegaban esos días. Recordábamos, una y cien veces más, anécdotas pasadas, hazañas que iban camino de convertirse en leyenda; la mayoría las conocíamos todos pero daba igual, nos deleitábamos volviendo a revivirlas. Otras, recibían cada año aportaciones imaginarias para acabar consagradas en el imaginario colectivo de los que nos llamábamos “petit comité”, logia dentro de la logia, ocho o diez veteranos que ya el año anterior desfilamos entre las filas cuatro o cinco. Cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando me convertí en titular y ahora ya desfilamos con más gente por detrás que por delante.

Din Don!, tren expreso procedente de Madrid-Chamartín…. Dos o tres personas se movieron por el andén. Un ferroviario con gorra, silbato y banderín se dirigía pausadamente a la cabecera de la vía uno. Al subir al vagón todavía no había terminado el segundo pitillo. En la plataforma me dispuse a apurar la colilla con la intención de tirarla en cuanto oyera el silbato del jefe de estación, cuando un señor mayor se levantó de su asiento y se me acercó. Le calculé unos setenta y tantos años. -Hola, tú eres Emaldi, afirmó más que preguntó. –Sí, respondí.  -¿No te acuerdas de mí?. Soy el hermano Matías de la Salle San Marcial –Ostia, el Makala!, pensé sin llegar a decirlo, aunque creo que él oyó mi perplejidad.

Nos sentamos y empezamos a charlar uno enfrente del otro, junto a la ventana, viendo como el paisaje y las estaciones iban pasando rápidamente. Parecía un viaje en el tiempo. Habían pasado más de treinta años y, en cuatro brochazos, le resumí mi vida, le expliqué a qué me dedicaba. Hablamos, muy por encima, de la situación política. Eran años duros y no recuerdo bien en qué tregua estábamos. Con cierto aire de melancolía dijo: “Hay que hablar, hay que hablar, hay que dialogar, qué pena”

Íbamos llegando a Zumárraga cuando, señalando hacia los montes llamó mi atención: “Mira, en aquel caserío nací yo y el 18 de julio del 36, siendo un crío, mis padres me llevaron a aquel otro baserri donde me dejaron con unos parientes. Ya no volví a ver a ninguno de ellos”.

En ese tiempo abstracto que es el viaje ferroviario, íbamos veloces e inmóviles uno enfrente del otro. Las montañas, los prados y el paisaje pasaban tan raudos como nuestros recuerdos, como nuestras vidas. Él llegaba a su destino, pero aún le dio tiempo a mirarme con aire nostálgico y decirme, con un deje de ternura en la voz : “Me doy cuenta ahora de que fuimos muy duros con vosotros; yo era muy joven y quería hacer muchas cosas -hablaba de finales de los años sesenta-, pero es que queríamos hacer hombres de vosotros”.

Antes de apearse en su estación, un señor mayor y yo, en la madurez de mi juventud, nos dimos un fuerte abrazo de despedida.

El resto del trayecto lo pasé de recuerdo en recuerdo, y ese otro viaje me llevó a reflexionar sobre lo difícil que es la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Aquel anciano me había dado una última lección de madurez, para hacer de mí un hombre. Lo contaría en la cena: A que no os imagináis con quién me he encontrado en el tren….-No jodas! –exclamarían- ¿Está vivo?…

No hay que hacer demasiado; las filas siguen corriendo; este año estaremos en segunda o tercera fila.

Salud hacheros, escuela de hombres.

Junio 2014


Héroes, Heterodoxos y …Traidores

ImageAikido

La vida de la sangre y la sangre de la vida.

¿Cómo puede un arte marcial convertirse en una herramienta para la paz?

¿Qué hombre tiene más posibilidades de conocer el verdadero valor de la vida que el que conoce la realidad de la muerte?

¿Quién tiene más posibilidades de comprender la miseria moral del conflicto, el derramamiento de sangre, los ciclos viciosos de venganzas y represalias y las luchas por el poder que engendran, que un hombre que se ha sumergido en ellas?